Terapia de relación con el padre Sabadell

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La relación con el padre y el modelo de masculinidad.

La relación con el padre. Honrar su figura, aceptar lo que queremos, y no aceptar lo que rechazamos. Josep Guasch, coaching y psicoterapia.

La comunicación padre e hijo

El padre es el espejo en el que se mira el hijo. Incluso si este último lo rechaza.

Vimos en el anterior artículo (Mi padre y yo) cómo nuestra masculinidad se nutre de nuestro padre. Además, en nuestro grupo de Nous Homes de Sabadell hemos constatado algo más. Es un mal endémico que la relación del hijo con el padre se sostenga en espacios de silencios. Silencios prolongados. Pero no silencios para respetar el espacio del otro. Si no silencios incómodos en los que parece que algo revolotea en el ambiente.

La relación con el padre es difícil pero no por ello debemos mirar hacia otra parte. Y eso es así por dos motivos:

– Uno, ya mencionado, que condiciona nuestro modo de ser hombre.

– El segundo, si no tomamos conciencia, también nos marcará como padres de un modo automático e inconsciente. Para poner (o al menos intentar hacerlo) algo de luz veamos qué dicen diferentes escuelas terapéuticas.

Cómo marca la relación con el padre según el psicoanálisis.

El éxito profesional vinculado a la masculinidad patriarcal.

La autoestima, en muchos hombres, está vinculada al éxito profesional.

Para el psicoanálisis la relación con el padre es fundamental para nuestro desenvolvimiento profesional, social y cultural. En la figura paterna se fundamenta la identidad del hijo o hija. También es la figura encargada de poner límites y de separar al hijo de la madre. Por supuesto esto último va (o debería ir) orientado a la creación de la personalidad del niño o niña.

Es habitual que el hijo se rebele contra el padre, especialmente en la adolescencia. Un padre, sin conflictos previos (creo que una utopía en la sociedad actual) debería sostener y comprender esta rebelión.

La triste realidad es que en la relación con el padre ambos terminan rivalizando mutuamente. Es importante comprender la importancia que para el hijo tiene la relación con su padre. Aun cuando rivalice con él terminará siendo su modelo. Debemos entender, como padres, que esta rebelión del hijo forma parte de su proceso identitario. Es aquí donde los hombres podemos incurrir en dos defectos típicos:

– Una excesiva permisividad, a veces revestida del sucedáneo “padre/amigo”. Al no atreverse a poner límites a su hijo delega (consciente o inconscientemente) en la madre este papel. Muchas veces se trata de hombres infantilizados incapaces de asumir un rol adulto. Es importante resaltar que no es lo mismo hombre infantilizado que hombre en contacto con su niño interior. El contacto creativo con el niño interior requiere un adulto estable, empático y, precisamente, adulto.

– También es posible la figura inversa. El padre tirano. De nuevo creo importante hacer una distinción. No confundir autoridad para establecer límites con tiranía arbitraria.

En la relación sana con el padre debe existir, por parte de este, un respeto por la singularidad del hijo. Del mismo modo que le acompaña, otorgarle un espacio para que despliegue su personalidad independiente.

Un padre así tampoco debe ocupar un rol de infalible ni omnipotente. El error es posible por parte del padre y del hijo pues forma parte de todo proceso de aprendizaje.

 

Bert Hellinger y la visión sistémica de las constelaciones familiares.

El padre como el cabeza de familia en el patriarcado.

El padre ocupa el papel de cabeza de familia en la tradición patriarcal.

Hellinger diferencia el contacto con la vida de la fuerza de la vida. En el lenguaje de las constelaciones familiares tomar a la madre es tomar la vida. En modo complementario tomar al padre es tomar la fuerza de la vida. Así pues la relación con el padre marcará el empuje para el avance, decisión, proyectos, evolución etc… La relación con la madre y la vida nos vincula con la capacidad de cuidar y nutrir. Pero cuidado, también cuidarnos y nutrirnos, es decir a nosotros mismos.

El habitual descuido masculino en nuestra capacidad de cuidarnos implica un desequilibrio de nuestra relación con la vida. Paradójicamente podemos hablar también de hombres con empuje en lo profesional, político y/o social. Los estereotipos de hombre patriarcal ahondan en esta descompensación. Y, aun cuando probablemente estemos avanzando en esto, es un reflejo que se transmite en la relación con el padre.

No es extraño ver aún hombres “cumplidores y trabajadores” que “delegan” las tareas de cuidado en la mujer. Incluso una de las cosas que más valora cierto segmento de la población es que el hombre sea “trabajador”. Cuidado, no estoy abogando por descuidar esta virtud, estoy hablando más bien de compensar y equilibrar. No olvidemos que cuidar también es trabajar.

Los roles estereotipados (mujer cuidadora y hombre trabajador/proveedor) también se transmiten sutilmente en la relación con el padre. Puede más el ejemplo que los discursos.

 

La relación con el padre, qué tomar y qué no tomar

Aprender a discriminar lo constructivo de lo destructivo de la masculinidad hegemónica

Discernir qué abrazamos y qué no del modelo de masculinidad transmitido por el padre.

Creo que determinación, poner límites, voluntad, poder, acción, entre otras, son cualidades humanas. De un modo estereotipado, probablemente, transmitidas en la relación con el padre. Y son cualidades que los hombres podemos honrar y reconocer en ellos, pero no cultivar de un modo unilateral.

En los años 70 y 80 surgió un tipo de hombre conocido peyorativamente como los “chicos New Age”. Y no me refiero a los que también se conocieron como “niños índigo”. Eran más bien hombres conscientes de la supremacía del modelo machista. Pero en su intento por desvincularse del estereotipo se polarizaron en una masculinidad desvitalizada.

Hombres que en la relación con su padre advirtieron dureza, incomprensión, incluso violencia que rechazaron radicalmente. De esta manera rechazaron la totalidad que representaba su padre así como lo “aprovechable” de esa masculinidad.

Hombres que confundieron vulnerabilidad con debilidad, flexibilidad y sensibilidad con labilidad emocional. Hombres que, en definitiva, desconocían que se puede ser fuerte y sensible.

Honrar y “tomar” a nuestro padre (y por supuesto a la madre) no significa estar de acuerdo con él. Pero este fue una parte en la transmisión de nuestra vida. Y nos sirve de modelo (como ejemplo o contraejemplo) en la de/construcción de nuestra masculinidad.

En terapia Gestalt distinguimos la diferencia figura/fondo. La figura es lo que emerge en la conciencia, revestido de forma. El fondo es lo que aún permanece imperceptible aunque siempre está presente.

En la relación con mi padre advierto cosas que no me gustan y otras que me gustan. Estas cosas conforman las figuras que emergen del fondo. Pero también me doy cuenta de mucho más. La transmisión de vida y amor a los que, con más o menos acierto, pretendo dar forma. Y ése es el fondo que permanece siempre, invisible o no. A ese fondo yo le llamo Vida y Amor.

Hasta el próximo artículo, recibe un cordial saludo.

www.josepguasch.com

Anterior artículo relacionado: Mi padre y yo. El espejo para transformar la masculinidad.

 

 

La relación con el padre. Honrar su figura, aceptar lo que queremos, y no aceptar lo que rechazamos. Josep Guasch, coaching y psicoterapia en Sabadell.

Mi padre y yo

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Mi padre y yo. El espejo para transformar la masculinidad.

Mi padre y yo. Relación con el padre y nuevas masculinidades, Nous Homes de Sabadell

 

La relación con el padre y nuevas masculinidades

La relación con el padre, imagen de la masculinidad

Buscando en internet el título/tema “mi padre y yo” he tropezado con dos libros. Uno de J.R. Ackerley y otro de Juan Manuel Gil. No he leído aún ninguno de los dos, pero sí las sinopsis.

Con relatos distintos, el tema de siempre. Sospecho que tan antiguo como la creación. Esa eterna historia de encuentros y (casi siempre) desencuentros típica de la masculinidad entre “mi padre y yo”.

El motivo de este interés no es otro que la experiencia que en Nous Homes de Sabadell estamos transitando acerca del vínculo con nuestro padre. Los hombres actuales hemos heredado esta forma de ser hombre, pecisamente de nuestros padres. Podemos aceptar, rechazar, discutir, anatemizar y todas las disidencias y acuerdos posibles…. Pero ahí está… y aquí estamos nosotros. Con nuestras herencias y disidencias.

Creemos que es esencial en la construcción de nuevas masculinidades este tránsito vivencial. Saber de dónde venimos. Porque en ello están gran parte de nuestras sombras internas acerca de lo que (creemos) es ser hombre.



Mi padre y yo en el libro “De la madurez masculina”.

En el libro “De la madurez masculina” se dedica un título completo a este temazo. La relación entre “mi padre y yo” aparece descrita en forma trágico – cómica en un diálogo hijo-padre:

Un hombre joven e independizado decide restañar la brecha con su padre y le llama por teléfono. Transcribo la conversación tal y cual está en el libro de Steve Biddulph:

Hola, papá, soy yo.
– ¡Ah! ¡Vaya! Hola, hijo. Voy a buscar a tu madre
– No, no lo hagas. Es contigo con quien quería hablar…

Hay un momento de silencio… y luego….

¿Por qué? ¿Necesitas dinero?
– No, no es por dinero.

Y el joven empieza a hablar (ya lo tenía todo pensado, pero aun así las palabras le salen de una forma insegura…)

– He estado recordando muchas cosas sobre ti, padre, y las que hiciste por mí. … Ahora me va bien y todo gracias a lo que hiciste… He estado pensando en ello y me he dado cuenta de que nunca te había dado las gracias.

Silencio en el otro extremo del teléfono. El hijo continúa…

– Quería decirte… Gracias. Y que te quiero.
¿Has estado bebiendo?

 

Mi paddre y yo, el origen de la masculinidad

¿De qué hablamos los hombres…?

En este diálogo hay muchos, muchísimos estereotipos de la masculinidad patriarcal. Y aunque nos definimos como hombres pro-feministas, entendemos que tenemos un sendero propio a recorrer.

La de-construcción de la masculinidad hegemónica no solamente significa la renuncia a los privilegios que nos otorga el patriarcado. No solamente el activismo decidido por la igualdad con nuestras compañeras, las mujeres. Incluye todo lo anterior y algo más.


Las nuevas masculinidades y el mundo emocional

Este algo más rezuma en la relación entre “mi padre y yo”. La meta/educación que, por defecto, nos transmitieron nuestros padres con su ejemplo. El gran tabú de la masculinidad hegemónica:

El reconocimiento de nuestro mundo emocional, de nuestra capacidad de sentir. Reconocer que somos capaces de emocionarnos, amar, entregarnos. Que tenemos una sensibilidad que puede florecer con un poema, una relación, una flor, unas palabras… Y para rizar el rizo…. ¡HACERLO EN COMPAÑÍA DE HOMBRES! 🙄 😯 .

Esta es, creo, la experiencia iniciática de la masculinidad. Sí, a los hombres nos resulta difícil reconocernos vulnerables. Pero como intuimos que una mujer nos puede entender mejor… no nos resulta tan difícil hacerlo con ellas. Bien sea pareja, hermana, amiga, la madre…

Pero reconocer esto ante un hombre o grupo de hombres…. Para la sombra de la masculinidad patriarcal que habita en nuestro inconsciente profundo es terrorífico. ¡Es como ofrecer la yugular al conde Drácula! 😕

Y es de esto que, cuando pienso en la relación entre mi padre y yo, creo me quería proteger.

Mi padre y yo…. Pero ¿de qué quería protegerme mi padre aun cuando no lo supiera?

Muchas veces cuando pienso en la brecha entre mi padre y yo me pregunto: ¿Qué había en su corazón que nunca fue expresado y normalizado? Ahora entiendo que él, sin saberlo, me transmitió lo que generaciones y generaciones de hombres han mantenido durante siglos.

“Los hombres somos fortalezas insensibles a cualquier dolor”.

El papel protector de la masculinidad

Paternidad, función protectora… y ¿sobreprotectora?

Es obligación vivida como deber. Impuesta por la amenaza. Sí, porque formar parte del “selectivo” club de los hombres significa ser duro, fuerte, insensible.

Si un hombre (llamémosle hegemónico) descubre mi vulnerabilidad, para él, “dejaré de ser hombre”. Esto es de lo que nuestros padres nos quisieron proteger. Entender esto, la intención positiva detrás de ello, es lo que puede ayudarnos a reconciliarnos con ellos, con nuestros padres. Es lo que me ayuda a suavizar la brecha entre él y yo.

Darnos cuenta de que la intención es/era buena es el primer paso. Pero no nos exime de la responsabilidad de encontrar nuevas formas de relacionarnos¡¡entre hombres!! Por supuesto no excluyo en esto a mujeres y personas en general. Pero uno de los grandes problemas es cómo nos relacionamos entre compañeros de género.

El caballero de la armadura oxidada.

Recuerdo uno de los primeros trabajos que hicimos en “Nous Homes de Sabadell”. La lectura y conclusiones acerca del libro “El caballero de la armadura oxidada”.

En forma metafórica este libro expresa el modo en que aparecemos los hombres. ¡Con una armadura! ¡Y más aún entre hombres! Pues tenemos tan interiorizada la armadura que si nos desprendemos de ella es como si no supiéramos quiénes somos. Pero sí sabemos de quiénes defendernos. ¡De otros hombres!

Las normas del patriarcado nos han hecho individualistas, competitivos, feroces. El patriarcado es, por definición, la dominación por el poder. Y si nosotros somos los privilegiados del patriarcado, «debemos cumplir con lo que nos exige». Esta es la interiorización profunda que está enraizada en el alma del hombre occidental. Generalmente hombre de raza blanca, heterosexual, clase media o media alta y conservador.

Esa fue la relación entre mi padre y yo, la relación de dos caballeros con armadura. Y aun cuando fue así, su distanciamiento emocional lo era como algo necesario entre hombres. Pues una relación más cercana, bajo el prisma patriarcal, implicaría, como en el anterior diálogo, “estar bebido”.


Construyendo nuevas masculinidades con el ejemplo de mi padre y yo

En nuestra asamblea emocional de “Nous homes de Sabadell” un compañero expuso la pregunta: ¿Cómo puedo educar emocionalmente de un modo saludable a mi hijo si tuve esa falta con mi padre? ¿Cómo aproximarnos emocionalmente a nuestros hijos desde la carencia de esta aproximación en nuestra infancia?

El personaje que encubre la masculinidad interior.

El «personaje» que oculta la verdadera masculinidad.

Y esto que algunos hombres podríamos vernos tentados a oponer como excusa/justificación revertirlo en responsabilidad. Lo importante, creo, es que pongamos atención a cómo podemos construir eso que echamos en falta. Y si algo echamos en falta es que presentimos, en el peor de los casos, cuál es la ausencia.

Identificar eso, llamémosle mayor proximidad, empatía, cercanía, complicidad, sensibilidad… no es difícil en el plano teórico pero se complica en la práctica. Y es en este espacio de perplejidad (por llamarlo de alguna manera) donde surgió la idea. No es nueva, pero sí en este contexto. La de escribir cada uno un texto que bien pudiéramos llamar “mi padre y yo”.

Una carta a nuestros padres en la que le agradeciéramos lo que hizo por nosotros. Y desde otro lugar lo que, en su momento, echamos en falta. No se trata tanto de una carta para enviar al destinatario como de una carta de ayuda al remitente. Un modo de distinguir y clarificar conductas, actitudes, en definitiva modelos. Y una vez distinguida desde el fondo difuso la falta, darle forma en nuestros espacios de vida y relación.

De este modo, la falta puede transformarse en un objetivo. Y con este el anhelo hacia una masculinidad más inclusiva, empática e integradora.

Cuando proyectamos lo que nos sobra, pero…

No es algo nuevo lo que surgió en este trabajo. Ese darnos cuenta (que ya intuíamos) de cómo nos parecemos a nuestros padres. Creo que todos los hombres deberíamos hacernos esta pregunta: ¿Qué reconozco de mi padre en mí? Sea que me guste o no. Y es aquí cuando vienen a mi memoria las palabras de Christopher Harding:

“Se habla mucho sobre padres física y/o emocionalmente ausentes, pero los hijos también empiezan a preguntarse: “¿Estaba realmente ausente, o tanto yo como él conspirábamos inconscientemente para ignorarnos mutuamente?”.

Proyección de la sombra de la masculinidad hegemónica.

Proyectamos lo que no reconocemos en nosotros mismos.

Entonces el descubrimiento de la historia entre mi padre y yo toma tintes extraños. Desde mi responsabilidad, renunciar a esa fidelidad inconsciente, a un modelo de “ser hombre”. Y renunciar a este modelo no es renunciar a mi padre como tampoco lo es renunciar a mí mismo. Es intentar ir un poco más allá. Y poder decir, parafraseando a Newton: “Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes”.

E insisto, este reconocimiento no lleva implícita la aceptación del modelo, sí la del hombre. Creo que es bueno anteponer aceptación aun cuando sea desde la disidencia. El objetivo no es, en sí, atenuar responsabilidades heredadas del modelo patriarcal. El objetivo es, en realidad, un metaobjetivo. Tiene más que ver con el cómo que con el qué.

Cuando me relaciono de modo amoroso, aun cuando sea en desacuerdo, puedo expresar algo parecido a esto:

“Papá, no estoy de acuerdo contigo. Quizás he sido el máximo disidente contra ti. Pero gracias a ti y a mamá tengo esta oportunidad. La de mejorar como hombre, en la medida que pueda. Y, acaso, intentar mejorar en algo esta sociedad patriarcal”.

Un cordial saludo,

www.josepguasch.com

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Mi padre y yo. Nuevas masculinidades y relación con el padre , Nous Homes de Sabadell